LAS CRUCES SOBRE EL VIRUS



Época de profunda crisis social y económica, en donde la clase política oligárquica reaccionó ferozmente contra los obreros y trabajadores. Solos los afortunados banqueros y la privilegiada burguesía gozaban del resguardo del gobierno de turno, toda la ganancia ya circulaba en el país, ayudándolos a consolidarse y a crear vínculos con los círculos de poder político mientras que los trabajadores seguían viviendo en la más absoluta miseria.



Aunque resulte perfecta la descripción del momento que vivimos en la actualidad, lo anterior es una paráfrasis del texto escrito por Joaquín Gallegos Lara: Las cruces sobre el agua que relata el fatídico suceso en el que “(…) Cientos de personas, pobres, hombres, ancianos, niños, mujeres caían a punta de ráfaga de fusil. Aquellos que habían acudido con la alegría en el rostro y con una vibrante emoción en el pecho por el triunfo popular como trabajadores, eran silenciados por balas y balines. Aquella columna vertebral de sueños de justicia y sed de dignidad, era desmoronada a punta de municiones, por quienes solo reciben órdenes.”


Las normas laborales aprobadas por la Asamblea Nacional en la denominada “ley humanitaria”, que sin lugar a equívoco será aprobada por el presidente en los próximos días, hacen de fusiles, bayonetas, balas y balines puestos a disposición de las grandes empresas para someter al trabajador, los “motiva para llegar a consensos”. El principio tutelar del Derecho Laboral, los derechos humanos y las garantías constitucionales acabaron siendo antiguallas retóricas para el estudio de hermeneutas y nostálgicos del Derecho. Esta siniestra distopia en la que nos quieren ver sumidos nos obliga a los ciudadanos a luchar contra el feroz capitalismo neoliberal que durante el shock producido por la pandemia ha logrado, sin contrapesos ni piedad, continuar sometiendo a los más pobres, aupado por un gobierno cleptocrático e inmoral que valiéndose del miedo, angustia e incertidumbre de los trabajadores pretende sacrificarlos, constituyéndose en una verdadera nueva masacre como la relatada por Gallegos Lara.



Una espesa y negra niebla es la que acompaña a la pandemia, poco alentadoras son las perspectivas en los ámbitos sociolaborales y económicos, se barajaron varias posibilidades en países europeos y a nivel regional para mitigar los impactos, no obstante, el Estado optó, con pretexto de la pandemia, por cumplir con un pacto pendiente con el FMI y las élites que gobiernan tras bastidores el país, anteponiendo intereses económicos a la propia vida de los trabajadores. Podría tildárseme de dramaturgo por esta última afirmación, pero quienes lo hagan será porque no han girado su cabeza para dar cuenta de los entresijos de pobreza en las que vive la clase obrera. Con un sueldo básico de 400 dólares el obrero apenas puede cubrir las necesidades más elementales de su familia, desayunos precarios para sus guaguas, en la mayoría de los casos insuficiente para un adecuado rendimiento en los estudios y en general una alimentación deficiente; es que la canasta básica, la “mínima vital”, se la fijó en 717 dólares aproximadamente para el 2020, es decir, si bajo condiciones “normales” existía una brecha en menos del 44% para poder alcanzar “lo mínimo vital”, qué podemos esperar cuando, con la ley humanitaria, puedan pactarse remuneraciones de 220 dólares mensuales? por una reducción a cuatro horas de trabajo de la jornada laboral que en la práctica no será así, con el pretexto de “hay que ponerse la camiseta” lo que veremos serán jornadas de ocho horas y un pago por cuatro. En caso de no aceptar, simplemente los trabajadores pasan a engrosar la larga fila de desempleados, sin indemnización alguna.



Y no me mal interpreten, creo firmemente que es el momento en el que todos arrimemos el hombro para salir de esta crisis, pero las cartas jugadas están mas bien orientadas al enquistamiento de una especie de darwinismo social en el que se busca la supervivencia (inmutabilidad) de las élites a costa de los más débiles. Es común escuchar en los medios de comunicación a los entrevistados y entrevistadores que los ciudadanos nos la pasamos quejándonos en lugar de ser una población proactiva, a manera de sermón nos conminan a entender la situación, ser parte de la solución y no del problema. Estas “peticiones” grafican con claridad la dimensión de la batalla cultural. Una gran parte de ciudadanos asumen la perversión del sistema actual como una especie de estado natural de las cosas, consideran que las normas venideras son necesarias y los abogados apologistas del sistema las defienden y justifican. Lo realmente evidente es la distopia que el neoliberalismo ha impreso en el chip de una buena parte de los ciudadanos, en donde aflora una percepción monolítica del país plagado de trabajadores mal agradecidos que viven de parasitar a los grandes empresarios que generan plazas de empleo, pertenecientes a las élites porque “han luchado por ello”, porque “se ha sacrificado” mientras que los trabajadores “son pobres porque quieren”, porque “no han tenido la visión de emprender”.


La consigna de que “el individuo es y hace lo que quiere”, terminó permeando a nivel simbólico, cultural y político nuestra sociedad, sin considerar que existen abismos entre las realidades de unos y otros. Todos enfrentamos la pandemia, pero las pérdidas no son las mismas. Mientras los empresarios en todos los casos de cierre de empresas preservan el capital, los trabajadores pierden su empleo, sus condiciones mínimas de subsistencia.



Los avivatos empresarios aconsejados por mercenarios del Derecho han aprovechado la conmoción e incertidumbre social para abusar del desconocimiento de trabajadores para llegar a “acuerdos” de disminución de remuneraciones, “renuncias para volver a ser contratados” y en general un abultado compendio de “pactos” que, por mandato constitucional, al ser regresivos de derechos, al constituir renuncia de derechos, son nulos. Es preciso referirme específicamente a lo que masivamente se ha utilizado para dar por terminadas relaciones laborales con miles de trabajadores, esto es acusar la supuesta existencia de fuerza mayor o caso fortuito. Esta causal ameritaría un análisis extenso y rigor científico e histórico para poder entender su alcance y relevancia, no obstante baste con afirmar que, primero, no basta la pandemia para invocar la existencia de fuerza mayor o caso fortuito pues la gravedad o la naturaleza del virus no vuelve a los efectos de la pandemia en imprevisibles, y segundo, las consecuencias que la pandemia ha provocado en la empresa deben demostrase, siendo necesario que el empleador esté definitivamente impedido de continuar operando por causas no imputables a malos manejos financieros anteriores que adicionalmente constituirían actos antijurídicos de miramiento penal, sino que se debe observar y considerar como símil los casos de terremoto e incendio que el propio código de trabajo ejemplifica como presupuesto claro para la existencia de esta causal. En este contexto, efectuada una revisión sistémica de la norma laboral, saltando las interpretaciones cantinflescas de las normas que pululan por doquier, concluimos que si no existe la concurrencia de los elementos mínimos antes señalados (irresistibilidad e imprevisibilidad como condiciones liberatorias), los empleadores que han invocado fuerza mayor o caso fortuito para terminar la relación laboral estarían incurriendo en despidos intempestivos que obligan al pago de indemnizaciones y aunque suene aventurado, desde mi percepción, por lo menos el 70% de invocados casos de fuerza mayor o caso fortuito no lo son y mediante demanda judicial se demostraría que son evidentes despidos intempestivos.



Ahora, más que nunca debemos alzar la voz, respaldar a las organizaciones sociales y a ciudadanos que defienden la vida y luchan por los derechos, propender a la revalorización del trabajo. No se trata de regatear a la muerte, se trata de luchar apasionadamente por la vida digna.


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